AISLADOS

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“Viernes, 2 de enero.
Recién estrenado el nuevo año, y siguiendo instrucciones de su merced, partimos de La Española a las ocho horas del viernes dos de enero de 1508 para cumplir con nuestro cometido. Las corrientes nos obligaron a izar velas y a luchar con la fuerte virazón. Anduvimos no más de sesenta leguas hasta la caída del sol. La aventura se presenta indómita e interminable, pero cumpliremos nuestro circunscrito sueño”.
En un acto de compasión, Isabel I le había concedido la gracia de la vida tras el infortunio con aquel hidalgo sevillano. A Sebastián de Ocampo le volvía a sonreír el destino. De nuevo enfrentaría la balconada de un mar inquietante y oscuro, bravío pero prometedor. El mismo que acostumbraba a desafiar de niño, soñando con beberse el fin de la Tierra. Esta sería la segunda vez que alguien lograra dominar sus corrientes. En la primera, el Almirante descubrió un nuevo mundo; en la segunda, Sebastián lo dibujaría y desmembraría una de sus extremidades.
“Martes, 28 de marzo.
Un día y su noche ventoso, marcado por diferentes sucesos que viraron nuestro rumbo. Encallamos a tres leguas de una extensión de arena cubierta de mangle. Resultó ser una pequeña isla rodeada de coral. La carena de la Octava quedó dañada. Vimos unos pájaros de estilizadas piernas, picos alargados y cuerpo rosado. No encontramos mayor señal de tierra firme. Decidí navegar al noreste para prevenir futuros incidentes”.
La sinrazón de sus actos siempre había soplado a su favor. En la travesía con el Almirante, su avivado espíritu le había traído algún desencuentro con el gobernador de las Indias. Bastó recuperar su astucia de mercante para que su relación tomara nuevas vías. Estas le llevaron al favoritismo del mismísimo gobernador de La Española quien, siguiendo órdenes católicas y reales, le encargaría el bojeo de las nuevas tierras.
“Jueves, 4 de mayo.
Hoy el día se presentó con calma. Desde la Maravilla, uno de mis hombres divisó lo que resultó ser una botella. Estábamos a treinta y siete leguas del último puerto visitado y aún no habíamos encontrado evidencia de continente. Por una vez, la corriente nos traía un mensaje claro: tras el último saliente de tierra, el mar continúa su baile. Decidimos seguirle el ritmo y que la botella continuase el suyo. Le introdujimos un trozo de coral tallado con el mensaje ‘Es una isla, Cristóbal’”.

Este se llevaría su soberbia inconsciencia a la tumba. Sebastián, el arrojo de quien anónimamente, hoy ilustra las leyendas de cartografía.

“Sábado, 2 de octubre.
Tras un largo viaje de 4 horas en taxi por el noreste de la isla y algún que otro contratiempo en la aduana del Cayo, hemos llegado al hotel. Las playas de talco y turquesas superan cualquier paraíso. Paseamos por los manglares y descubrimos rincones increíbles. Nunca imaginé que Cuba me recibiría con esos paisajes”.
– ¿Cariño, a dónde llevará esta corriente de agua?
– Probablemente sea un nacimiento de agua, ten cuidado.
– ¿Tú crees? Por la corriente diría que continúa ramas adentro.
– Espera, ¡he encontrado algo! Parece una botella. Tiene algo dentro. Creo que leo algo desdibujado: “Es una isla, Cristóbal”.